Me llamo Antaya, tengo 17 años y vivo en la comuna de Layeri. Primero decir que provengo de un planeta creado por la explosión de lo que se conocía como Tierra. En este universo, cada comuna es un pequeño planeta (cada planeta se simbolizaría por cada una de las utopías de mis compañeros de clase), y cada planeta tienes sus características propias. Asique hoy, quiero dar a conocer al resto de los “Salvenios” (resto de planetas) mi comuna y mi forma de vida.
Hoy, como todos los días, mi hermano, Kali, me ha despertado abalanzándose sobre mí. No paraba de gritar: ¡Kandet! ¡Hoy vamos a Kandet! ¡Yuhuuuuu!. El pasado viernes, la profe nos había prometido llevarnos de excursión a las cataratas de Kandet, la zona más bella y grande de todo Layeri. Mi hermano, fanático de todo lo que tuviera que ver con plantas, me metió tanta prisa que casi no pude ni desayunar. Una vez en la puerta del Puntu (así llamamos aquí al colegio), la profesora nos contó uno por uno. Éramos 50 niños de mi edad en toda la comuna, pero ella solo contó 49. Claro, Pilgo, como casi todos los días, se había retrasado. Esperamos alrededor de 15 minutos, hasta que al final le vimos. Esa figura regordeta, rosada y con los dedos rechonchos que venía comiéndose un dulce, no mostraba ningún tipo de preocupación por su tardanza, sabía que le estaríamos esperando (nosotros nos caracterizamos por la empatía y el respeto hacia los demás). Una vez consiguió alcanzarnos, partimos todos felices, en parejas y escuchando muy bien todo lo que nos decía la profesora.
En mi comuna teníamos una característica especial. Nadie, pero absolutamente nadie, era capaz de enfadarse. Cuando nuestro cuerpo llegaba al punto máximo de alteración estipulado por la naturaleza, automáticamente segregábamos una toxina que nos hacía volver a la felicidad. Gracias a esto, nunca había enfrentamientos entre amigos, familiares o vecinos, todo se arreglaba mediante el diálogo. Pero en el caso de que esto no fuera así, se le informaba a Kaleb de lo ocurrido. Él, como jefe de la comuna, siempre sabía lo que hacer, y siempre tenía razón.
Nuestro modelo político era una democracia. Todos éramos participes de las decisiones importantes y que afectaban a todo Layeri, y él nos representaba y transmitía todas las conclusiones del mes. (Cada 30 días, todos los pobladores de la comuna, eran reunidos en la Hayla o plaza central. Allí cada uno daba su opinión y sus ideas para así poder mejorar la calidad de vida de todos los habitantes de Layeri).
Sigamos, por fin llegamos a las cataratas. Jamás había visto algo tan increíble. El color azul celeste del agua, el verde de las plantas, y el rojo de las flores… el naranja de los frutos que colgaban en los árboles, las enormes nubes blancas y esponjosas que sobrevolaban nuestras cabezas, incluso el contraste de nuestros cuerpos desnudos se compenetraba perfectamente con la naturaleza. Porque claro, como debéis saber, aquí en Layeri no nos cubrimos el cuerpo con nada. Tanto hombres como mujeres dejamos al descubierto nuestra fisonomía. Nuestros cuerpos no son feos, ni bonitos, duros o blandos, no hay lugar para los complejos físicos ya que nunca nos han estipulado un modelo de persona. Cada cual tiene su cuerpo y es feliz con él, tanto con los pros, como con los contras. Además, por la temperatura no tenemos por qué preocuparnos, convivimos con un clima cálido todo el tiempo.
Después de un fantástico día chapoteando en el agua y jugando entre las flores, era hora de regresar a casa y ayudar a nuestras madres y padres.
Nuestro sistema económico era una autarquía, es decir, éramos autosuficientes. Todo lo que necesitábamos lo producíamos sin ayuda de otros Salvenios, pero con un sistema especial. Dependiendo de la zona donde vivieses, te tocaba cultivar una cosa, que más tarde intercambiabas en el mercado por otro bien que tú necesitases. Por ejemplo, a mi familia le tocaba cultivar lechugas, tomates, plátanos, y preocuparnos de un grupo entero de gallinas y gallos. Pues bien, todos los jueves de cada semana, todos los habitantes nos reuníamos en la Hayla e intercambiábamos nuestros productos por otros que necesitásemos, por ejemplo en mi caso el pan, chocolate, café, etc. Con respecto al agua, disponíamos de un manantial con el agua perfectamente potable, del que podíamos cogerla siempre que quisiéramos.
Y bueno, creo que por hoy es suficiente, ¡Mi madre se acaba de poner de parto!. No sé cómo será en otros planetas, pero en el mío se conserva tanto la naturalidad del acto sexual como la del parto, y ¡Ah!, cada persona nace con un oficio asignado, este se puede cambiar siempre y cuando no disfrutes haciéndolo. Y ahora me voy corriendo, que ha venido la vecina, ¡es matrona!







